El director de arte construye el espacio, el sitio donde se moverán los personajes, y su trabajo consiste en dotar a nuestra historia de verosimilitud visual y sonora

Cuando vamos al cine o vemos una serie de TV, el drama nos envuelve. Cautivos del relato, los personajes o el conflicto, terminamos enredados en esa madeja que ha tejido el autor, jugando con nuestras emociones, expectativas y sentimientos. Olvidamos, entonces, que en gran medida tales sensaciones pueden hacerse posibles gracias al director artístico, esa figura encargada de hacernos “creer” la historia.

El director de arte construye el espacio, el sitio donde se moverán los personajes, y su trabajo consiste en dotar a nuestra historia de verosimilitud visual y sonora, tarea que realiza muy cerca del director de fotografía. Cuando las películas requieren de grandes presupuestos y múltiples o complejas locaciones, al director de arte se le conoce también como el diseñador de producción. No es solo cuestión de inventar o manipular el entorno a través de los decorados, sino también prestar atención a los más mínimos detalles: cómo se colocan los cubiertos en una mesa, digamos, del siglo XVII, qué tipo de vestuario o peinados usan en determinado lugar, qué muebles, adornos, colores o matices definen los interiores urbanos en cierto periodo histórico, en fin, cómo pueden los ambientes hablarnos también de los personajes o ser parte del propio drama. Incluso, cuestiones como la música, el tono de las voces, las formas de andar, de besar o amar de una sociedad, resultan también asuntos de su responsabilidad. 

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Pero aunque muchos estén de acuerdo con que el trabajo del director de arte resulta esencial en las películas de época, piensan erróneamente que si se trata de filmar una obra contemporánea, este apenas tiene algo que hacer. Lo cierto es que el director de arte siempre está trabajando, trazando el espacio, los interiores y exteriores, colocando un mobiliario, una lámpara, una escalera, reformando una locación, substituyendo unas ventanas, un techo y si es posible convirtiendo panes en peces.

Nuestro cine ha contado con magníficos escenógrafos y directores de arte, tanto para películas de época como para obras contemporáneas. Recordamos a Pedro García Espinosa (Lucía, 1968 y Cecilia, 1981); Derubín Jácome (Un hombre de éxito, 1986 y La bella del Alhambra, 1989); Onelio Larralde (Omertá, 2008) o Erick Grass (El Benny, 2006; El ojo del canario, 2010 y Conducta, 2014), por solo citar algunos.

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Cuando el director Orlando Rojas quiso hacer su película Papeles secundarios (1989), una obra donde los detalles, fondos y objetos debían “hablar” o convertirse en significantes, no dudó en llamar al pintor Flavio Garciandía, quien brindó mucho más que sus cuadros. Años después, Enrique Pineda Barnet intentó repetir experiencia con Verde verde (2011) al tomar como referentes visuales en la configuración de los espacios y sujetos representados, las creaciones artísticas de la pintora Rocío García. 

Las  tecnologías digitales, la informatización acelerada y las posibilidades que ofrecen los múltiples softwares, le han brindado nuevas herramientas al director de arte, una labor que se ha abierto también para diseñadores gráficos, fotógrafos, dibujantes, pintores y animadores. Hoy podemos encontrar a estos artistas trabajando directamente en las locaciones, junto a fotógrafos o vestuaristas, pero también pueden realizar sus creaciones frente a las pantallas de una computadora.

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Teniendo en cuenta que no se realizan muchas películas en Cuba y que el trabajo entre un proyecto y otro puede demorar años, varios de nuestros directores de arte han encontrado en la publicidad, la ilustración o el videoclip una zona ideal para expresarse y, de paso, experimentar con la creación de universos paralelos espacios más cercanos a lo onírico, la fantasía o la imaginación desmedida. Los videos musicales permiten muchas libertades para jugar con las formas, puesto que es un género que potencia el lenguaje subliminal, la fragmentación y la seducción visual. 

No por gusto se ha dicho que es en el videoclip donde puede observarse una mayor búsqueda estética en el audiovisual cubano. Lo permite el género, el breve tiempo de duración, el financiamiento, la disponibilidad tecnológica y las dinámicas asociadas a su sistema de producción, más ligadas a la independencia artística que a demandas institucionales.

El propio premio Lucas legitima desde hace años con un galardón al mejor trabajo en esa especialidad, en la que han destacado autores como Joseph Ros, Alejandro Pérez, Lester Hamlet, Pavel Giroud, Bilko Cuervo, Luis Najmías, Santana, Vivian del Valle y José Rojas. Algunos de ellos fungen también como fotógrafos, editores o realizadores y es que en el clip musical la posproducción, los efectos, las correcciones de luces y colores definen el acabado visual y estético de las obras.

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En el 2013, el clip El vuelo del moscardón, con Aldo López Gavilán, fue premiado en diferentes categorías. Su equipo de realización estuvo conformado por varios diseñadores y artistas de la plástica, como Nelson Ponce, Raúl Valdés (Raupa) y Edel Rodríguez (Mola), quienes ya habían trabajado juntos en otras creaciones para Harold López-Nussa o el dúo Buena Fe. El jurado valoró todo el ingenioso trabajo de este equipo, que hicieron de los decorados, el vestuario y los objetos, componentes sustanciales del relato. Un video rico en referencias intertextuales, que dialogó con los filmes de aventura fantástica y, sobre todo, con la estética visual impuesta en los años 20 del pasado siglo por la corriente expresionista alemana.

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Pavel Giroud y Lester Hamlet han conseguido éxitos llevando paralelamente sus carreras por los caminos del cine y la realización de videos musicales. Ambos toman elementos del cine de acción, el noir y el melodrama, dotando a sus clips de múltiples conexiones visuales o argumentales, que se encuentran en películas de Quentin Tarantino o Pedro Almodóvar, recicladas ahora desde una perspectiva paródica. Ejemplos de ello son: Quizás, quizás para La orquesta sensación (2010) de Pavel y Para qué sufrir (2012), de Raquel Bigorra, realizado por Lester, producciones ambas merecedoras de varias nominaciones y premios Lucas. 

Estéticas recicladas provenientes del pop, el art decó, la representación erótica o el cine de horror, pueden observarse en las obras del joven y prolífico Joseph Ros. Santana, admirador del cine clásico norteamericano, gusta de formas y escenarios más cuidadosos y estilizados. José Rojas, habitual en videos para Qva Libre, prefiere generar ambientes saturados de colores y objetos utilitarios, en correspondencia con el estilo sicodélico y juguetón que proyecta la popular banda, mientras que X Alfonso intenta hacer antropología y crítica social filmando en blanco y negro paisajes urbanos de La Habana profunda.

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Ellos son solo un ejemplo de la enorme creatividad y vitalidad que se observa en los años recientes en este campo, labor que vemos extendida también a la gráfica publicitaria, los spots televisivos, las aplicaciones para móviles, el diseño de campañas promocionales y mensajes no comerciales o el trabajo creativo para revistas, publicaciones independientes, carteles y catálogos. Para ellos, una imagen vale más que mil palabras.

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