Al caminar por la calle Aguiar, entre Peña Pobre y Avenida de las Misiones, se distingue la insignia de barberos a la entrada de una vivienda. Quizás muchos transeúntes desconozcan el significado de ese singular artefacto. Sin embargo, la decoración de la escalera, comunica a claras luces la funcionalidad del lugar. Se trata de una barbería-peluquería. Su dueño Gilberto Valladares, más conocido como Papito, en el año 1999 decide crear este recinto. Lo que en un principio parecía un negocio cuentapropista, con fines económicos, muy pronto se convirtió en un proyecto de mayor envergadura.

ARTECORTE, constituye el nombre del proyecto comunitario ubicado en el barrio del Santo Ángel de La Habana Vieja. Aunque actualmente abarca diferentes aristas dentro de su perfil, la peluquería de Gilberto Valladares, la Escuela Comunitaria de Peluquería y el Barbeparque continúan siendo sus principales centros de atención.

La peluquería fue el primer acierto del proyecto. Desde sus inicios devino generador de conceptos en torno al oficio en Cuba. Como condición sine quanon, era preciso dignificar la labor del peluquero y/o barbero en la Isla. Para ello, se establecieron alianzas con el Plan Maestro de la Oficina del Historiador de la Ciudad, y juntos emprendieron la idea de concebir el espacio como un museo-vivo. Es entonces cuando se advierte una autoconciencia por indagar en la historia del oficio y hacer del sitio un refugio para el coleccionismo.

La peluquería unisex atesora una colección de objetos antiguos vinculados con el arte de cortar el cabello. Tijeras, navajas de afeitar al estilo Puma Solingen, maquinillas Gillette, cepillos, peinetas y demás instrumentos de trabajo, están dispuestos sobre vitrinas. El empleo de éstas  no pretende establecer esa inquebrantable distancia entre el observador y lo observado, que generalmente percibimos en la institución-museo. Esta vez se busca integrarlos como componentes ambientadores del interior.

Convivencia de lo viejo y lo nuevo

Sin embargo, el mobiliario protagonista del salón, constituye el sillón de barbero del siglo XIX. Su colocación tampoco describe esas habituales tendencias hacia la teatralidad o la puesta en escena. Todavía apto para ejercer sus funciones, el mueble se niega a figurar como objeto de contemplación. Apuesta por la interacción cotidiana con el público. De modo que es usado frecuentemente  por los visitantes.

El mobiliario protagonista del salón, un sillón de barbero del siglo XIX

 

Esa concepción, en la que el objeto museable pierde toda aura monumental, en este caso, parte de dos principios fundamentales. Por un lado,  persigue reintegrar el objeto viejo en una actualidad nostálgica del pasado, por eso la convivencia de lo viejo y lo nuevo como aspecto a destacar. Y por otro lado, como explicase Valladares, “se trata de acercar el patrimonio a los clientes”. Curiosamente, esa aspiración constituye uno de los paradigmas de la nueva museología. Satisfactoriamente se logra, pero al mismo tiempo, se han conciliado tales propósitos con algunas nociones en cuanto al diseño de interiores. Todo es genuino, orgánico, coherente.

Cabe señalar la decoración con obras pictóricas de reconocidos artistas de la plástica contemporánea. Las mismas conforman la colección Hasta el último pelo, que también aguarda la peluquería. Del modo en que están distribuidas en la pared, parecen seguir la regla de acumulación. No obstante, la notable altura de la vivienda posibilita que no se perciba como un caos o amontonamiento.

Por otro lado, la inclusión de paintings para la decoración, pudiera parecer ostentación o status social. Contrario a esas suposiciones, tales pinturas logran resolverse de manera favorable. El criterio de selección de las mismas, fue consciente al no colocar cualquier tipo de obra plástica. En este sentido, se advierte un juicio que rechaza el valor per se de las piezas, en favor de un sentido combinatorio. Precisamente la coherente mixtura entre funcionalidad del espacio y decoración pictórica se logró a través de lo temático. En palabras de Valladares, “las obras han sido donadas por sus creadores,  y constituyen interpretaciones entorno al oficio de la peluquería”. Aspecto que contribuye a una mayor especialización e identidad del lugar.

Por su parte, la Escuela Comunitaria de Peluquería como centro de enseñanza, ofrece a jóvenes desvinculados, la posibilidad de aprender un oficio y de insertarse en las dinámicas de la sociedad. Por último, El Barbeparque, un sueño hecho realidad del Proyecto Comunitario ARTECORTE, gracias al apoyo de la Oficina del Historiador, del Instituto Superior de Diseño y del Grupo ESPACIOS. En principio, fue asimilado como un ejercicio de clase por Vivian Caballero, Patricia García, Susana Guerra, Ivet Ortega, Yamara Arcia y Sissy Alcántara, en aquel entonces estudiantes de diseño. Más tarde, recibió el Premio ONDI de Diseño 2012; y luego emergió como una propuesta viable para llevarla a cabo.

Barbeparque

El objetivo fundamental era construir un parque de diversiones para niños, que al unísono, incluyera la peluquería infantil como otra de sus funciones. De ahí la apropiación de la barbería y la peluquería como líneas argumentales, que rápidamente propiciaron la presencia de motivos alegóricos al oficio. Las representaciones mejores resueltas en cuanto a creatividad, se pueden apreciar en los aparatos de recreo: la canal es una navaja de afeitar; el cachumbambé, es una tijera; las papeleras, son rollos para el cabello y el escalador en espiral, es una secadora de pelo. De esta manera, se logró una verdadera conciliación entre forma y contenido, que desde el inicio, pretendió rescatar un parque preexistente y otorgar nuevos valores a la instalación, en pos de enaltecer la labor del peluquero.

El cachumbambé es una tijera

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