Mil Habanas, una Habana


Para los que viven La Habana, las transformaciones en el plano urbanístico, si bien lentas, se mueven junto a las aperturas socioeconómicas y emergen nuevos y necesarios enfoques alrededor de la arquitectura que interpelan la identidad al borde o más allá del «espacio cualificado». La ciudad es escenario físico lleno de significados e imaginarios que dialogan perpetuamente con la memoria colectiva y la arquitectura que nos rodea. El inmueble absorbe un sentido de ideal humano comprometido con una temporalidad, una historia y una cultura. Jorge Luis Borges decía que la ciudad siempre tiene un aire anacrónico. Tornemos nuestros ojos hacia el pasado habanero y lo sepia tomará luz. Pero no es cualquiera luz, es una bien definida luz vintage, de los años 50, con carros americanos para más atrezo.

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Para aquellos que viven en La Habana, hace apenas una década la ciudad empezó, tímidamente, a conectar una nueva visualidad, pues de pronto ciertos locales se distinguían por asimilar códigos del diseño que imbrican lo cubano y lo internacional. La estética del derrumbe, tan en boga en los años 90, quedó desplazada en la década posterior por ambientes más heterodoxos, moderna tecnología y por el flujo de obras de artes contemporáneas en los nuevos escenarios. La rearticulación de áreas convencionales en función de una variada gama de actividades comerciales, fue producto de la revitalización del sector privado o cuentapropismo en la esfera de los servicios de la economía nacional. Sin lugar a dudas ha generado nuevas representaciones de la ciudad que modifica lo simbólico citadino y moviliza nuevos agentes en su dinámica.

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Este movimiento arquitectónico no ha propiciado un desplazamiento de la ciudad de La Habana como espacio de poder simbólico. Ni ha optado aún por microciudades artificiales o la gentrificación, inclinadas al turismo o al sector empresarial. En cambio, se ha transfigurado recreando zonas (Miramar, El Vedado, La Habana Vieja), otrora diseñadas para uso doméstico o reajustando el habitáculo familiar para la gestión comercial: casas coloniales, apartamentos con vistas al mar, convertidas, entre otras, en casas de alquileres, peluquerías, bares o restaurantes. El diseño de interiores ha puesto a prueba su capacidad de innovación y movilidad, en detrimento de la construcción de nuevos locales. Ha sido raro, por el contrario, la creación de proyectos arquitectónicos que emerjan per se. Posiblemente, el Sarao´s Bar sea una rara avis en el panorama capitalino. Su construcción ultramoderna, paradójicamente, diagonal al Museo de Artes Decorativas, en una de las intersecciones del Vedado, la obliga a pugnar con el eclecticismo dominante. Líneas intensamente geométricas, lo blanco, lo vítreo y la fuente en cascada contrastan con las curvas y disposición neoclásicas circundantes. El edificio actual anuló la visualidad anterior del enclave para distinguirse por su imagen rupturista en una parte de la ciudad  que si bien impacta, arquitectónica y ambientalmente, muestra los signos de la circulación del capital a disposición del espacio, la zona y el tipo de negocio.

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Por otra parte, en un buen número de proyectos se ha reutilizado el espacio explotando al máximo sus potencialidades tanto reales como representativas que desenlazan soluciones ingeniosas y refrescantes para quienes las consumen. El Bar Fortuna, en Miramar tiene, por ejemplo, el encanto de aparentar un campo de batalla. Sin embargo, la idea de miniaturizar La Habana, como redimensión de una búsqueda plural, ha logrado aceptación entre los que visitan. Ese estar y no a la vez es un juego profundamente barroco, latino y, en extremo, sensorial. Una manera de globalizar el sacrosanto espacio cubano, como realidad posmoderna: un pedazo de Malecón, un quitrín de La Habana, una máquina de coser de alguna casa, descentran la nacionalidad antes permanente. Porque no es precisamente vender una Habana, sino apresar aquello que huele a Cuba, que se escurre en el son, las maracas, el tabaco y el ron. También por esto en otros sitios, hay un excesivo documentalismo, mediante imágenes, ambientes y objetos, una necesidad de revivir la Cuba de los 50, o postsoviética, o de los 90, en dependencia de los gestores, manifiesta repetición del espacio evocativo de épocas pasadas. Esta heterotopía, o superposición de espacios físicos, simbólicos, imaginarios e históricos, como la define el filósofo francés Michel Foucault, demanda ciertos códigos para aprehender a Cuba, que emana de revivir un pasado romantizado y falseado. La identidad cultural, elaborada en lo cotidiano, se entrecruza con las necesidades reales de la gestión del espacio y con un núcleo que genera imágenes poéticas, inteligibles y, en ocasiones, superficiales, en tanto posiciona una manera de leer la Isla.

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Lo interesante es observar cómo se subvierten las estrategias del discurso oficial para discurrir o parodiar a una Cuba que es de por sí una y mil a la vez. La identidad, más allá de crear una imagen coherente propia, se incorpora a la arquitectura, al diseño y las prácticas humanas, que en última instancia, dotan de sentido a los objetos en la realidad. Es decir, buscamos nuestros reflejos en los otros y en las cosas hasta llegar a sustantivarlas. «El tiempo, decía Rufo Caballero, se experimenta como un juego o abrevadero estético», el cual produce núcleos identitarios cuyo fin es solo justificable por las significaciones que fluyen entre los sujetos en una misma realidad. La arquitectura y la identidad se compenetran como fuente dialógica e histórica, no solo como expresión de una época, nación o cultura. No es un mecanismo de causa y efecto, sino la puesta en práctica de la experiencia humana como acto totalizador de la existencia misma.

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Desgraciadamente tienden a confundirse los valores de la identidad y la arquitectura, donde la primera toma una forma aérea, mientras la segunda talla en la piedra los dictados de ella. Pero, realmente, ambas se funden y conducen su examen hacia el futuro desde el pasado histórico. Es imposible hoy acercarse a la cultura griega sin el Partenón como punto de partida o de llegada. Es importante repensar en esto, puesto que en Cuba las leyes de planificación urbanística, además de insuficientes en el contexto actual, solo van a la forma y no a la verdadera coyuntura del patrimonio arquitectónico, como identidad de lo cubano, más como camisa de fuerza, no como oportunidad de reinventar el espacio, conjugando y, al mismo tiempo, trascendiendo las viejas pugnas entre tradición y modernidad.

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¿Podemos acaso hablar de una arquitectura sin identidad, cuando los procederes del diseño y la arquitectura actual beben de fuentes allende los mares? ¿Cuáles podrían ser las significaciones de una arquitectura identitaria que experimenta con soluciones trasnacionales? ¿Es este efecto invisibilizador de las prácticas anteriores?  A la tríada Estado, identidad y arquitectura le queda por resolver problemas de fondo que trascienden a esta nueva movilidad, encaminada más hoy al diseño y a la decoración de interiores. Enfocar la mirada hacia un espacio habitable, dinámico y no como objeto museable anquilosado a una promesa del pasado, sería el propósito para una ciudad en expansión que da los primeros pasos hacia nuevas alternativas arquitectónicas que replanteen necesaria y oportunamente la identidad.

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