La Guarida, un banquete lezamiano


El espacio, en cambio, también se reinventa

 

 

Sucedió en 1996 cuando al ocuparse el tercer piso de la residencia se trastrocó el edificio multifamiliar en un epicentro de insularidad, en un almuerzo lezamiano como síntesis y expresión de La Guarida de Diego en el filme, cuyo nombre heredara como punto irradiante. Posee así una virtud trinitaria: entretejió un antiguo palacete en Centro Habana, con el auge de los restaurantes-paladares en la década de los 90 y el impulso del filme Fresa y Chocolate (1993), de Tomás (Titón) Gutiérrez Alea. En esta constelación casuística el imago celebraba una vez más las transpa-rencias de lo cubano.

Con estas resonancias, el espacio ambienta con breves transformacio-nes la escenografía de la película y aprovecha la ductilidad del diseño y la decoración barroca para el realce de elementos cotidianos de la vida social, en tanto nuestra religiosidad, representada en un pequeño altar dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre, bendice a los comensales desde la esquina de una de las áreas.

Punto aparte constituye el mural en el que reunidos José Martí, Julián del Casal, Gertrudis Gómez de Avella-neda, Fernando Ortiz, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Amelia Peláez, las zapatillas de Alicia Alonso, el hacha de Changó, ángeles, indios y otros símbolos, vislumbran nuestra psicología y personalidad cubanas, al transitar desde su génesis en un instante del presente.

Coinciden por igual en todo el local obras de artistas cubanos, fotografías, posters, instalaciones y objetos cotidia-nos como Ronco —el refrigerador—, la barbacoa, la vista al barrio desde los balcones, o las sábanas tendidas en el segundo piso.

El espacio, en cambio, también se reinventa, muestra un esplendor inusi-tado mediante la intervención del inmueble con códigos nuevos, desde una arquitectura y diseños que articu-lan otras maneras de comprender la funcionalidad de la sede. Una escalera interior en espiral nos invita a una terraza que ya no comparte el exceso y cruces de signos de lo cubano.

Más bien prefiere en el minimalismo de las formas y colores –blanco y gris fundamentalmente– exponer la belleza desnuda de las azoteas y del Malecón infinito, enmarcada para un recuerdo inolvidable. El techo, que cubre el bar especializado en coctelería internacional, posee tragaluces cuadrados para el deleite lúdico con la luz natural, y al advertir que las superficies de las mesas son espejos que redimensionan la vista.

 

Otra escalera menor nos lleva a un mirador, colofón del edificio y agregado posterior al diseño original, más sosegado e íntimo para retener la caída de la tarde. Esta nueva ampliación y el proceso de restauración estuvieron a cargo del proyecto HRG Arquitectura, liderado por el arquitecto Orlando Inclán Castañeda quien además, y en conjunto con los gestores de La Guarida, ha propiciado el encuentro con la comunidad, desde la apreciación del espacio como patrimonio, además de talleres culinarios y artísticos, en diálogo permanente para el rescate de las tradiciones del barrio. Las escaleras, principio y fin, prueban más allá del deterioro la añeja dignidad y la hidalguía de sus propietarios.
Una estatua decapitada en mármol de Carrara corona la entrada, al igual que los capiteles eclécticos de las columnas, revelan el brillo decadente de una época, una familia, una mansión.

 

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