La ciudad como escenario cinematográfico


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La Habana, donde para que todo sea perfecto, hace falta una obra suya

La arquitectura le ha proporcionado al cine un soporte espacio temporal culturalmente contextualizado

Hace apenas un año llegó por mar el arquitecto canadiense Frank Gehry en un barco diseñado por él. En su recibimiento, el Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal expresó: “La Habana, donde para que todo sea perfecto, hace falta una obra suya”. Este gesto del anfitrión cubano fue, sin duda alguna, más que una simple cortesía. Al gurú de la arquitectura deconstructivista a nivel mundial, al Premio Pritzker de 1989, el conservador de La Habana Vieja le solicitaba una obra para la ciudad, la misma que ha sobrevivido a las ruinas y servido para poetizar más de un estado de ánimo. Parece cinematográfico, desde luego: dos seres, dedicados durante su vida a pensar en la ciudad, el espacio y la arquitectura desde lugares diferentes, dialogan sobre un punto en la Isla, como posibilidad de creación infinita.

HABANA La Habana como escenario

La visita, subjetivada por los que presenciaron a Gehry, deja varias cuestiones a relieve, desde cómo proyectar ciudades más funcionales y humanizadas, aprender a descentrar los nudos urbanísticos y la densidad del capital político, económico y simbólico, hasta cuáles requerimientos estéticos conducirán a una visualidad identitaria. Sin embargo, el devenir histórico ha recaído en el laissez faire de los privados y una política urbanística inconsistente que absorbe la ciudad en una tesitura en ruinas. Ahí ha partido una parte del cine cubano y su relación con la arquitectura: capturar una ciudad, una Cuba fragmentaria y discontinua. También ha de pensarse el séptimo arte como registro de ciclos artísticos de la propia expresión, en primera instancia. Me niego a pensar que la relación entre ambas disciplinas es de subordinación acérrima, sino más bien de diálogo y enriquecimiento mutuo. La arquitectura le ha proporcionado al cine un soporte espacio-temporal culturalmente contextualizado. Entretanto, el cine le ha aportado la seducción por el movimiento, las formas volitivas y nuevas interrogantes por la imagen: una reinterpretación simulada. Ningún edificio o ciudad reorientados desde el cine ha sido el mismo después de ser devuelto al espectador.

266873-r_1280_720 La Habana como escenario

Me vienen a la mente películas como Metrópolis (1927) de Fritz Lang o King Kong (1933) de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, en cuyo argumento la ciudad reaparece como otro personaje; a la vez, sustrato filosófico y político de los posibles derroteros humanos. La explosión de la modernización abrazó la modernidad (véase Tiempos modernos de 1936, de Chaplin) como suma de insatisfacciones y espacio enajenante de los diversos sujetos. La urbe monstruosa y antropófaga transformó los vínculos con las acciones sociales. De cualquier modo demuestra que la intermediación de estas artes, arquitectura y cine, construyen una cosmovisión epocal que se hunde en el espacio y en las personas.

Así pues, desde estas lecturas cruzadas, la accidentalidad de estos saberes en nuestro contexto, revoluciona la mirada del cine, en tanto la arquitectura introduce nuevos modelos de leer/percibir el séptimo arte en Cuba. Desde esta perspectiva, en nuestra historia hay dos filmes que cambian los dispositivos sensoriales en torno a la ciudad y la arquitectura. Esa relación tan estrecha y subterránea entre Memorias del subdesarrollo (1968) y Fresa y Chocolate (1993), está condicionada por la urbe como introyección [RA1]de los procesos políticos en los cuales se sumergen los sujetos sociales. Ambas películas de Tomás Titón Gutiérrez Alea (1928-1996) tienen la peculiaridad de abrir un abanico de interpelaciones al statu quo nacional al reflexionar sobre una alternativa de cambio. La relación entre sujeto y ciudad es ineludible, pues constituye el punto de partida para comprender la producción imaginaria en cada contexto discursivo específico. Por lo general, las contribuciones de la arquitectura y el cine no se repiensan para vislumbrar las múltiples circunstancias del sujeto en un cronotopo determinado. Ambos filmes exponen una relación focalizada en la arquitectura que penetra la mirada analítica y desquicia el objeto de análisis. 

o-MEMORIAS La Habana como escenario

La ciudad distópica  y el telescopio

Memorias del subdesarrollo (MS) se enmarca en el primer decenio de la Revolución en el poder, cuando algunas de las prácticas sociales y culturales se institucionalizan, como la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) o las Escuelas Nacionales de Arte, a partir de 1959. Las transformaciones políticas, catalizadas por los acontecimientos del periodo (la invasión de Playa Girón en 1961 y la Crisis de los misiles en 1962, por caso) contribuyen al examen crítico del discurso revolucionario, en la medida que emerge un nuevo constructo de sujeto social, el hombre nuevo, proyección del sujeto del futuro. Por tanto, la cuestión fundamental de este filme se centra en el tiempo de lo real y el histórico para reinterpretar la nación como espacio distópico y en conflicto.

Desde el punto de vista formal, MS es una película recreada desde los presupuestos de la Nueva ola francesa y el neorrealismo italiano, cuyos aportes se absorben con eficacia para conducir un modelo representacional del Icaic, en sus primeros años. Gutiérrez Alea es uno de los mejores exponentes de esta estética en la Isla. Este proceder artístico construye su decorado fuera del estudio de cine y busca una tesitura más natural de la historia bajo el lente. Desde allí, lo real comunica una arquitectura cinematográfica que trasciende el supuesto de realidad. Es decir, La Habana se sitúa en la acción misma: las calles de la capital cubana, recorridas por la cámara, detallan la geografía urbana con precisión, con una percepción casi documental. Las grandes arterias diseñadas a la americana, el malecón, la arquitectura, los edificios, apuntan a un pasado reciente, pero también a un mundo en creación. La historia contemporánea se muestra sobre las paredes, en carteles con eslóganes revolucionarios perfectamente descifrables.

90434206 La Habana como escenario

Sergio, el personaje protagónico, un intelectual decidido a no abandonar la Isla, observa a la distancia ese regurgitar que lo coloca en el intermedio de dos mundos, entre lo nuevo y lo viejo, entre el pasado burgués y un futuro en Revolución. En una de las escenas más célebres de la historia del cine cubano, aquella en la que mira con el telescopio la ciudad, expresa lo siguiente: “Todo sigue igual. Aquí todo sigue igual. Así de pronto parece una escenografía, una ciudad de cartón… Sin embargo hoy parece tan distinto. He cambiado yo o la ciudad”. Su propensión existencialista lo compulsa a interpelar desde donde se origina la crisis, aunque no se reconoce en ella, pero disecciona para encontrar sentido a su vida. Sergio libera una lucha ya perdida para él. Desde su apartamento, a través del telescopio, la ciudad lo segrega al ostracismo, pues él queda fuera de los nuevos valores impresos en sus movimientos.

2016-01-20- La Habana como escenario

La Guarida y la ciudad en ruinas

Veinticinco años más tarde Titón obturaba el lente de la cámara hacia la homofobia como deuda política de un postergado debate entre poder, homosexualidad y nación. La cuestión replanteada del hombre nuevo, en las circunstancias del Periodo Especial, pone en crisis las estructuras discursivas de la Revolución, pues habían dejado de ser fórmulas articuladoras de una sociabilidad inteligible en un “con todos y para el bien de todos” martiano y los márgenes cada vez más difusos de “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, de Fidel Castro, complejizaban la relación sujeto-Revolución-sociedad. Desde ese lugar también se margina, logra decir el autor de Guantanamera (1995), se aliena a los sujetos de la participación y construcción de la sociedad. Como Sergio, Diego es un intelectual excluido, cuyas prácticas subvierten el orden naturalizado del poder. La nación se entremezcla y se ironiza al ser invocada/reinventada una otra tradición discursiva fuera de la cultura hegemónica. Fresa y chocolate (FC) es el filme de Gutiérrez Alea donde con mayor rigor demuestra la perfomatividad del poder como ejercicio de dominación y control, pues denota las fracturas de la producción ficticia de identidad desde un único lugar.

A la inversa de MS, donde la ciudad era un “decorado” en crisis, un espacio de extrañamiento y agresión simbólica que simulaba los cambios, Tomás Gutiérrez Alea en FC reconfigura la dialéctica del diálogo con las ruinas de esa ciudad. Se hunde en la complejidad gnoseológica del espacio físico y cultural de la Isla. Desde allí implosiona la ciudad y crea un no-lugar, la Guarida, la casa de Diego, cuya dinámica entraña el universo de lo cubano. La relación en conflicto de David, alegoría del hombre nuevo, y Diego, intelectual homosexual, transita por la confrontación, el diálogo y la conciliación de dos sujetos ideológicamente contrapuestos, y rearticula los lazos de la cultura y la arquitectura en particular. Si bien la Guarida es un black hole, la casa de un alquimista o, simplemente, una dimensión periférica que subvierte lo sustantivo del poder, constituye pretexto para fijar lo oculto y fluido de Cuba.

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“Todavía estás a tiempo de ver algunas cosas antes de que se derrumben y se la trague la mierda”, le dice Diego a David, oteando la ciudad desde el balcón de su apartamento. Este último aprende a focalizar su sensibilidad para descubrir nuevas “Atlantis” en La Habana Vieja, ampliando su saber sensorial, habitado en las formas, en la arquitectura, sobre todo, del pasado colonial abierto a David a través de los vitrales, como símbolo genuino de cubanía. Diego rechaza las versiones chatas y estereotipadas de la cultura cubana que ofrece el discurso oficial, a los que culpa de los destrozos físicos y culturales que sufre el patrimonio nacional. Diego le enseña a David los tesoros de las letras cubanas, incluidas las marginadas, de la música popular y culta que ya no se oye, así como las joyas arquitectónicas de la ciudad. David experimenta la lectura catedralicia de Lezama, a distinguir los edificios descuidados y casi en ruinas, detalles y obras de la arquitectura habanera. Aprende a reconocer en el otro a su semejante y a respetar sus valores, en este caso tan auténticos como aquellos que hasta hacía muy poco había considerado los únicos posibles.

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Rapsoda arquitectural

Estos filmes rompen con una idea afectiva de la urbe, le declaran la guerra y, por supuesto, fracasan en su lucha. Memorias del subdesarrollo y Fresa y chocolate tienen una íntima relación con la ciudad, basada en una hostilidad trastocada por la devoción, por un vivir sin estar, por cruzar la frontera. Ambos filmes la evocan para indagar sobre el sujeto producto y excrecencia del sistema. La ciudad simula sus movimientos, altera su arquitectura y conmuta sus imaginarios para construir sobre las ruinas del pasado, simbólico y físico, un nuevo discurso urbano. Comoquiera que sea, entre una ciudad que se dinamita y otra que se apuntala, los personajes construyen una geografía sensitiva del espacio citadino. La sujeción a la urbe constituye uno de los nexos más profundos de su identidad. Ese devenir que apuesta por el fracaso de la búsqueda y la sublimación del pasado, funda una manera secreta de concebir la identidad cubana, expresada en la arquitectura y diluida en la ciudad.

Paradójicamente, Fresa y chocolate fue más lejos. La Guarida tomó vida propia y se convirtió en un restaurante de lujo, en medio de Centro Habana. Las mismas escaleras donde rodaron el ascenso de un cerdo, como evidente alusión a los duros años 90, han visto arribar personalidades de talla mundial para degustar un lezamiano festín. Esta extensión del filme volcado hacia la realidad invierte el espacio de un antiguo hotel, que sirvió de escenografía y revive La Guarida todas las noches entre la cena de quienes la visitan para atrapar lo que fuera locación de la película cubana más conocida de todos los tiempos.

IMG_6086 La Habana como escenario

Por ello, quizás, la ciudad secreta de Eusebio Leal admite una obra de Frank Gehry, una obra excéntrica y líquida. Su gesto no fue solo de un anfitrión educado y culto, sino de un sujeto que ama la arquitectura; más allá del habitáculo imprime vida al espacio. Un diseño dinámico que absorba el espíritu, pero a la vez se muestre genuino, único. La Habana es una gran maquinaria arquitectónica, un juego de resortes, amoldada a los tiempos, consecuente con su identidad y reinventada por el cine. Alejo Carpentier, en alguna parte, la bautizó como la ciudad de las columnas; un laberinto de sombras y luces que se confunden para imponer su visualidad. Este digno blasón ha sido motivo para imaginar la ciudad como espacio distópico con una historicidad barroca. Tomas Gutiérrez Alea no hace más que captar en la piedra otra huella del tiempo humano.

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