La Biblioteca Nacional expresión y funcionalidad arquitectónica


Desde el establecimiento de la República en 1902 surgió la necesidad de contar con edificaciones representativas de las nacientes instituciones gubernamentales y públicas, entonces albergadas en vetustos inmuebles heredados de la época colonial. Sin embargo, no es sino hasta la década de 1920 con la culminación, primero del Palacio Presidencial, sede del poder ejecutivo, y del Capitolio Nacional (1929), sede de los órganos legislativos, que la entonces joven República llegó a contar con edificios monumentales, suntuosos y solemnes, también devenidos hitos urbanos, especialmente concebidos para alojar las funciones propias de una capital como La Habana.

Sin embargo, las instituciones culturales principales (Museo Nacional, Teatro Nacional,
Biblioteca Nacional y Archivo Nacional), encargadas de atesorar y promover lo más valioso del acervo cultural de la nación, no contaron con sedes de cierta prestancia arquitectónica hasta mediados del siglo XX. Es conocido el azaroso derrotero del Museo y la Biblioteca Nacionales, ocupando diversos inmuebles en La Habana Vieja, antes de contar con edificaciones especialmente proyectadas para estas funciones. De esta manera, con la inauguración del edificio del Archivo Nacional en 1944, y ya en la década de los 50, la conclusión de la nueva sede del Museo Nacional (1954), la Biblioteca Nacional (1957) y el Teatro Nacional (1958), estos dos últimos componentes del conjunto de la Plaza Cívica, se completa el repertorio arquitectónico representativo de las  principales instituciones culturales capitalinas.

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Por otra parte, desde los años 20, con los viajes a La Habana del célebre urbanista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, se apuntó la necesidad de concebir un Centro
Cívico que nuclease las sedes de los poderes de la República, ministerios y demás entidades de nivel nacional. Es así que se identificó el área ocupada hoy por el conjunto urbano de la Plaza de la Revolución, como el centro geográfico de La Habana que entonces se proyectaba. De esta manera, fue considerado el sitio idóneo para emplazar la
mencionada zona cívica y para erigir a su vez un gran monumento que rindiera homenaje a José Martí, el Héroe Nacional. Para llevar a cabo semejante empresa fueron convocados sucesivos concursos, pero la idea tuvo que esperar para su concreción hasta 1952, año de la conmemoración del Centenario de José Martí.

En paralelo, el conjunto arquitectónico que fue conformando el área, ya denominada como Plaza Cívica, en la actualidad Plaza de la Revolución, careció desde su origen de la coherencia de la imagen urbana y el diseño del espacio público que debería corresponder a una zona significativa y de gran jerarquía en la ciudad. Sin embargo, estas insuficiencias no demeritan en lo absoluto el valor individual de cada uno de los edificios, los cuales en su mayoría constituyen ejemplos sobresalientes del Movimiento
Moderno cubano: el antiguo Tribunal de Cuentas (1953-1962), hoy Ministerio del Interior; el Ministerio de Comunicaciones (1954); el Ayuntamiento de La Habana (1960), en la actualidad sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR); y el Teatro Nacional en 1958. De igual manera se pueden identificar como inmuebles relevantes el Palacio de Justicia (1957), hoy Palacio de la Revolución, y la Biblioteca Nacional (1957), los cuales desde el punto de vista formal, a pesar de la data de los proyectos, responden a códigos de una etapa de transición que antecedió al auge de la arquitectura moderna en la Isla.

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En tal sentido, la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, diseñada por la afamada firma de arquitectos Govantes y Cabarrocas, y emplazada en el lado este de la Plaza de la Revolución, llama la atención por los  elementos compositivos que la apartan de la línea principal del Movimiento Moderno cubano de la década de 1950. De ahí que su expresión retroceda 10 o 15 años atrás, al período en el que el denominado «monumental moderno» era el lenguaje predominante de los edificios públicos habaneros.

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