IRÁN Y LA PERLA – Irán Millán Cuétara / ES


El Conservador, primeramente, tiene que creer en lo que hace. Ser honesto. Entregarse en cuerpo y alma a su materia prima, que son la ciudad y su Centro Histórico

En un entorno familiar modesto, y feliz, Irán Millán Cuétara creció entre mudanzas (del Mariel a San Cristóbal, Artemisa y Cienfuegos, fueron 23), escuelas públicas y una gran admiración por su papá, laborioso albañil que, sin formación alguna, llegaría a dirigir una cuadrilla para la que creaba aquellos planitos que tanto lo atraían. Cuando el cabeza de familia fue enviado a la construcción de la termoeléctrica de Cienfuegos, hacia allá se trasladaron todos.

—Las luces de Cienfuegos me deslumbraron. El primer sábado por la noche, al salir al Prado y ver tantas personas, pensé que había procesión…

Al padre le dieron casa en un conjunto residencial donde vivían varios arquitectos renombrados de la capital, quienes, al conocer de su interés por la carrera, lo guiaron y ayudaron; de ellos heredó libros, mesas y lámparas de dibujo.

—Por fin me vi matriculando Arquitectura en La Habana, donde único se estudiaba entonces. De los 13 alumnos cienfuegueros inscritos, solo yo pasé a segundo año, espoleado por la fuerte exigencia de mis profesores, profesionales reconocidos que construían las obras más importantes del país: Sergio Ferro, Mario Girona, Nicolás Quintana, Everardo Mendoza… Me gradué en 1973, con una tesis tutorada por los arquitectos Isabel Rigol y Mario Coyula.

Los tres años de servicio social los pasó enseñando en la recién creada Escuela de Arquitectura de la Universidad Central Marta Abreu, en Santa Clara. A pesar de la enorme presión laboral, fue una época romántica: realizaba proyectos, participaba en concursos, trabajaba mucho de noche… Y regresó a Cienfuegos en 1977, con ganas de comerse el mundo.

—Inauguré la Dirección Municipal de Control Urbano, con la responsabilidad de entregar licencias de obras y terrenos, por lo que pude conocer la ciudad de punta a cabo. Estuve entre los fundadores de la Comisión Provincial de Monumentos, de la que cuatro años después fui nombrado presidente, hasta hoy. Aunque mi amor por la conservación y la restauración surgió en la universidad, caminando con el profesor Roberto Segre por La Habana Vieja, solo en 1981 pude dedicarme por completo a ellas, al pasar a trabajar en el Centro Provincial de Patrimonio Cultural. Vinieron entonces cursos, estudios, investigaciones, que marcaron un nuevo giro en mi vida, esta vez definitivo.

Comenzó a realizar, siempre junto a un pequeño equipo, la restauración de edificios, los proyectos y la dirección del montaje de los primeros 13 museos con que contaría Cienfuegos; atendía, además, la protección del patrimonio y sus inventarios, la preparación de nuevos colaboradores y la suya propia.

—En los años 80 se inicia el rescate en algunos edificios y se propone que otros sean declarados Monumentos Nacionales y Locales, lo cual crea el espíritu y la sensibilidad de que Cienfuegos tenía considerables valores patrimoniales. En los 90, en pleno Período Especial, solicité que me dejaran una cuadra, me facilitaran dos albañiles, dos pintores y ayudantes, y que no fuera nadie hasta que yo les avisara: terminamos los tres apuntalamientos que había, restauramos las fachadas y pintamos haciendo calas en las paredes para ver los colores originales; comprobamos que todos los salientes eran pintados de blanco, y los fondos, de colores pasteles, por lo cual el blanco refuerza el valor de conjunto que posee la ciudad, gracias a su singular trama urbana, gran homogeneidad constructiva y riqueza artística, que la convierten en paradigma del urbanismo del siglo xix en nuestro país. Al ver el resultado, pusieron a mi disposición una brigada, y empezamos a restaurar el Centro Histórico.

La restauración de la urbe y la relevancia de su arquitectura clásica constituyeron un llamado de atención hacia los valores de la ciudad, lo cual favoreció que en 1995 pudiese presentar la propuesta del Centro Histórico como Monumento Nacional.

—En el año 2000 participé en el Simposio Icomos, en Indianápolis, donde impartí una conferencia sobre Cienfuegos. Allí se generó la propuesta de la ciudad como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Con nuestro modesto equipo de trabajo y una gran cooperación de Isabel Rigol, iniciamos el expediente, que fue aprobado en su integridad. Finalmente, luego de un largo procedimiento durante el cual contamos con el irrestricto apoyo de las máximas autoridades de la provincia, el 15 de julio de 2005, a las cinco de la tarde, una llamada telefónica nos trajo la noticia: Cienfuegos había sido declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, y era la primera ciudad en el área del Caribe fundada en el siglo xix en poseer esa categoría.

La divulgación, la propaganda, la palabra viva, como dice Eusebio Leal, y que no existiera una persona en Cienfuegos liderando esta actividad, lo convierten en el director de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Cienfuegos (OCCC), inaugurada en 2007.

—El Conservador, primeramente, tiene que creer en lo que hace. Ser honesto. Entregarse en cuerpo y alma a su materia prima, que son la ciudad y su Centro Histórico. Con honestidad y cumpliendo con la palabra dada, se gana el respeto, la aprobación y reconocimiento del pueblo. La ciudad es el reflejo de la gente que la habita, expresado físicamente en su arquitectura. Los problemas internos de las familias de alguna forma trascienden a la ciudad, y es importante, a la vez, que las personas puedan entender que el patrimonio las dignifica.

Su amor por Cienfuegos, su gente y su arquitectura aflora en sus palabras y acciones. Es un soñador con los pies en la tierra y cree que los conservadores son loqueros. Que lo declararan Hijo Ilustre de la Ciudad a pesar de no haber nacido en ella, es uno de los mayores honores que ha recibido. Su entrega ha sido también reconocida con el Premio Nacional de Patrimonio Cultural (2017) y el Premio Nacional de Arquitectura (2018). Pero no todo es color de rosa. La reciente pérdida de La Catalana (Palacio Goytisolo), un edificio emblemático, fue un grito de alerta.

—Hemos perdido uno de nuestros hijos más queridos. Hoy hacemos un balance de esta derrota del patrimonio, debida a la desidia, el vandalismo y el abandono por parte de quienes debieron sensibilizarse con sus valores y rescatarlo. Le fallamos a la ciudad, al no darle la importancia merecida a este monumento local.

En 2019 Cienfuegos celebrará su aniversario 200, y eso implica una enorme responsabilidad para la OCCC.

—La Oficina no tiene presupuesto propio para obras. Tenemos que proyectar, convocar y convencer a otros organismos para que inviertan en la conservación o restauración de alguna edificación de importancia que les pertenece. Nuestro equipo realiza el proyecto patrimonial y se ejecuta por brigadas estatales y contratadas, con los presupuestos de cada sector. Hace cinco años empezamos a preparar el bicentenario, comenzando por lo que estaba pendiente. Conformamos democráticamente las acciones, las tareas por ejecutar, su orden cronológico, y de forma paulatina y ordenada se han estado realizando obras, entre ellas el corredor peatonal de la Calle 29, la Terminal de Cruceros, la ampliación del Paseo del Prado, la restauración en extensión de los principales entornos de  avenidas, paseos, calles y plazas, la repoblación forestal urbana, higienización de la ciudad, iluminación de paseos, portales y edificios símbolos, junto con labores en inmuebles de gran impacto social: escuelas, consultorios del médico de la familia, asilos de ancianos, instituciones culturales…         

Sin dudas, la Perla de Cuba —nombre sugerido por el Conservador para la otrora Perla del Sur— y su gente celebrarán por todo lo alto el aniversario 200, pero para Irán Millán, será solo un punto más en su ruta. La ciudad requiere de atención y mantenimiento sistemáticos y hay otros edificios importantes por recuperar. Cienfuegos no se detiene.

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