Entrevistar al diseñador todoterreno Carlos Alberto Masvidal, Premio Nacional de Diseño 2017, es recibir a cambio una ola cálida de sabiduría, agudeza, desenfado y humor.

Carlos Alberto Masvidal – Premio Nacional de Diseño

Como un maestro de ceremonias actúa este hombre, cuyo amor al diseño lo ha dividido en muchas responsabilidades y períodos de trabajo: director artístico en la mítica etapa de la revista Juventud Técnica, creativo independiente diseñando la publicidad de gran parte del paisaje del centro histórico de La Habana Vieja, con Habaguanex, así como haciendo historia en los libros que publica Ediciones Boloña. Amano quiso abordarlo y él, modestamente, aceptó. He aquí la prueba del diálogo.

¿Cuál es la opinión de Carlos Alberto Masvidal acerca del antiquísimo debate sobre si el diseño es arte u oficio?

Ese es el equivalente de si es primero el huevo o la gallina. Yo diseño y no me cuestiono esas cosas. Es parte natural en mí y no lo sufro. Creo que tiene de las dos cosas. Hay que tener más que un sentido  binario de la vida, que se burla de todas esas cosas y las cosas son como son. Entonces el ser humano   trata, como siempre, de  compartimentarlo todo. Creo que nos merecemos la bronca del diseño si es oficio o es arte por ser como somos. El diseño es el todo. Puedes hacerlo con un mensaje y estar en función si tienes las herramientas del oficio. Un poco que algunos se sienten insultados cuando dices que es oficio. Me da igual, lo disfruto igual. Casi siempre los que están metidos en ese debate tienen poco trabajo. Los que trabajan carecen de tiempo para entrar en esas cosas.

¿Cuánto aprendió durante su etapa de trabajo en la revista Juventud Técnica? ¿Cómo la recuerda?

Fue mi entrada en el giro. Trabajé enloquecida, desesperadamente, por 10 años allí. Entré como ilustrador. Una persona que ya no está, que se llamaba Jorge Chinique, cuando vio las ilustraciones que hice me aceptó. Dos años más tarde yo era el jefe de él. Lo quise muchísimo. Date cuenta que allí se hacía un promedio de entre 50 y 60 ilustraciones por cada revista. Y era un proceso, al ser analógico, muy complicado. Yo tenía una revista haciéndose en galera y en los linotipos; una escribiéndose, una en diseño y una en imprenta. Era un ciclo, cada pieza iba cubriendo la otra. Y no podía subestimar ninguno de los otros pasos porque siempre lo pagabas. Por lo tanto, no solo era el acto de dibujar, sino también de ilustrar, diseñar, prever los próximos trabajos. Muy dinámico, todo manual, no como ahora, que abres el indesign y haces diseño. Había que hacerlo en cartulina, cortar, pegar, dibujar. Hubo un momento tal que hacía los dibujos en el emplane. Me dejaban los espacios y yo llegaba y los iba dibujando. Inclusive los guardé todos. Pero se trabajó desenfrenadamente. Había las mismas incomprensiones que ahora, las mismas burocracias y muchas más cosas que ya hoy no existen. Pero sí, me divertí muchísimo y, sobre  todo, lo disfruté. Te voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie: iba escondido a los quioscos de revistas y me hacía el loco. Estaba esperando que llegara alguien y comprara la revista y me ponía a observar cómo se fijaba en las ilustraciones. Ese tipo no sabía nunca que yo estaba detrás. No es que lo hiciera todos los meses, pero lo hacía. El orgullo que me daba pasar en una guagua y ver en un estanquillo una portada que yo había hecho. Pero una portada que se hacía de madrugada (ella y yo solos). De buenas a primeras la veía reproducida en la calle. Oiga, eso es lo mejor del mundo.                   Eran épocas del socialismo. Juventud Técnica imprimía cien mil ejemplares de revistas. Nadie, en el mundo, imprime cien mil ejemplares. Somos Jóvenes imprimía 200 mil ejemplares y no alcanzaban. Claro, teníamos el monopolio, no había nada más. Pero, bueno, ya después todo cambió. Lo recuerdo con mucho cariño. Tuve excelentes   amigos (que los conservo hoy) y también me trajo muchos problemas. Ese fantasma me siguió cada vez que yo hacía algo después. Decían: «Na’, eso es Juventud Técnica». Y ahora, con 60 años, lo puedo decir: no, no era Juventud Técnica, es que Juventud Técnica era yo. Por lo tanto, dondequiera que iba me salía aquello. Desprenderme de eso me costó muchísimo trabajo.

Alguna vez, refiriéndose a su trabajo para Habaguanex, afirmó que la publicidad era «la más devoradora de las formas de diseño». ¿Por qué?

No hay una sola forma de diseñar ni tú lo diseñas todo igual. Efectivamente, la publicidad es devoradora. Acabo de descubrir algo más devorador que la publicidad: el diseño para multimedias, para audiovisuales. En el centro histórico acaban de poner unas pantallas y cada semana hay que hacer toda la información cultural. Son 70 diseños semanales y duran una semana. Todavía más devorador. Pero hay otras zonas; por ejemplo, el diseño editorial es más tranquilo. No tan despampanante como el publicitario, pero dura más. Haces un buen libro y sobrevive en el tiempo. La publicidad te da un placer inmediato, intenso, pero se gasta en nada. Trato de ir alternando ese tipo de diseños. Por suerte tengo posibilidades y trabajo en todos los tipos. Hay un diseño cultural, el del programa cultural de la Oficina del Historiador, que también es medio maquinaria implacable. Todos los meses hay que entregar en una fecha el programa cultural y ese diseño es más de cadena de montaje. Llevamos 16 años haciéndolo todos los meses y no hemos fallado un solo día. Nunca hemos entregado tarde.  cada tipo de diseño tiene su tempo, su espacio, su dinámica. En Habaguanex trabajé muchísimo, 22 años. Desapareció. La extraño casi tanto como a Juventud Técnica, porque allí hice de todo: identidades corporativas, publicidades, editoriales, logotipos… hasta los menucitos de las cafeterías más infames de La Habana Vieja. Si deseas seguir leyendo la entrevista a Carlos Alberto Masvidal puede descargar el No 6 de nuestra revistas aquí  

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